8 de Septiembre de 1978

NO PODEMOS IGNORAR

Escribe, hermano Don Octavio, soy Pío XI y quiero hablarte.

El Espíritu Santo, que fue mi Guía, Auxilio y Consuelo durante mi vida, pero sobre todo durante los años de mi Pontificado ilumine tu mente, para que cuanto estoy por decirte te sea de ayuda ahora y siempre, hasta el fin de tus días.

Hermano, se te ha dicho que no juzguéis, y es porque no os toca a vosotros formular juicios inherentes a la vida personal de los individuos y, por tanto, tampoco de las comunidades. Pero el precepto evangélico debe ser sabiamente interpretado, no se debe nunca juzgar, ni siquiera presumir juzgar a Dios y a su obrar; no se deben juzgar, en general, a los hermanos, ni su obrar, pero a veces puede ser indispensable formular un juicio, por ejemplo, para quien administra el sacramento de la Confesión, y en ciertos casos el no hacerlo podría ser culpa. Pero es necesario distinguir claramente que una cosa es formular un juicio y otra es tomar conciencia de hechos y cosas que suceden en tomo a nosotros y que no podemos ignorar. El juicio es culpa cuando pretendemos penetrar el secreto de las conciencias, y con nuestro metro pretendemos establecer responsabilidades juzgando las intenciones de quien hace tal acción, esto es pecado y por eso se os ha dicho que no juzguéis.

 

La oscuridad en un acrecentamiento pavoroso

Quién hay hoy que no vea la gravedad de la crisis de Fe que aflige a la Iglesia y la anarquía que la lacera, pero sería absurdo atribuir sólo a esta generación la responsabilidad de cuanto se está verificando hoy, pues esta crisis tiene sus raíces en los pasados siglos, aunque esta generación tiene la gran culpa de haberla agravado y enormemente desarrollado, tanto, que con razón se podría decir que la responsabilidad sea suya...

De tantos modos se han favorecido en la Iglesia enormes vacíos por haber descuidado los estudios Sacros para favorecer los profanos, vacíos de oración, de vida interior... y como consecuencia, vacíos de formación, de errores, de herejías, por lo cual, salvo la pastoral de pocos Obispos santos, la oscuridad ha aumentado pavorosamente, toda la Iglesia está cada vez más invadida e impregnada por ella.

Pero ahora los tiempos se van abreviando. Se te ha repetido varias veces que la prisa, que es un defecto, no es de Dios, porque Dios, más que cualquiera, sabe esperar; pero no saben esperar los enemigos de Dios, que arden por la premura de cosechar los frutos de lo que han sembrado entre los hombres; por esto es por lo que se han hecho atrevidos y prepotentes.

Satanás no se ha sentido nunca tan seguro en su trono de iniquidad como ahora y se estremece y arde por el deseo de manifestarse ya exteriormente como Señor y Príncipe de esta tierra; este es su gran sueño inculcado en su iglesia, es decir, en la Masonería, que obra y vive para él.

 

No será la hora de los “por qué”

Hermano, cuando el conflicto, siempre vivo entre la iglesia de Satanás y Dios explotará en su mayor intensidad, entonces vosotros, ya elegidos por Dios como fuerzas escogidas de la Iglesia regenerada, no os perdáis en absurdas consideraciones, en absurdos temores, no permanezcáis pasivamente mirando, no os detengáis a juzgar preguntándoos el porqué de esto o de aquello, sino participad en la lucha rezando y ofreciéndoos a Dios y a los hermanos necesitados, seguros y confiados de que la “gran victoria” de este secular conflicto está reservada al más fuerte y a Su Madre, la Virgen Santísima, porque ¡«el más fuerte es Jesús»!

La hora de la Purificación no será entonces la hora de los “porqué”, sino será la hora de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad, será la hora de la Misericordia y de la Justicia Divina... ¡en esto debéis firmemente creer!

Hermano Don Octavio, ¿por qué también yo os digo estas cosas?

Porque a Nosotros, Supremos Pastores, ha sido con fiada la tarea de prepararnos y preparar vuestras almas. No debéis llegar a aquel tiempo impreparados, sino como conscientes hijos de Dios deberéis todos asumir vuestro deber y vuestras tareas en la oración, en el ofrecimiento y en la adoración de los insondables designios de Dios.

Dios Uno y Trino os asista, os proteja de todo mal y os bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.