14 de Diciembre de 1975

ENCENDER DE NUEVO EL FUEGO

Escribe, hijo mío:

Más veces te he hablado del Amor; con insistencia he vuelto sobre este razonamiento. Esto responde a la lógica; éste es argumento inagotable, porque inagotable soy Yo, el Amor.

He dado a los hombres un mandamiento nuevo, síntesis de toda la ley. He dado a la humanidad la clave de la felicidad; en efecto, si los hombres pusieran en práctica mi mandamiento, la tierra estaría transformada en la antecámara del Paraíso. En el Paraíso está el triunfo del amor.

Yo Soy el Amor y de Mí viven todas las almas. La perfección de la vida sobre la tierra está dada por el grado de intensidad con el que las almas me aman a Mí y Conmigo aman a los hermanos. Tanto más perfecto y santo se es, cuanto más se ama. En el amor verdadero, esto es, en mi amor está la verdadera razón de la vida, la auténtica alegría de la vida.

 

El don de la libertad

¡Esfuérzate, hijo, en imaginar la vida del hombre sin una brizna de amor! Qué sería sino una vida sombría y desesperada, árida e infecunda, sin una sonrisa jamás (la sonrisa es el inicio de un acto de amor), sin un rayo de luz.

Es la vida de los demonios, es la vida de los condenados. Es la vida de los que se dejan envolver por los espíritus malignos que son orgullo, odio y desesperación, envidia, celos y sed inextinguible de mal.

Estos espíritus condenados, corroídos por la ardiente necesidad de obrar el mal, son autores de iniquidad, son fomentadores de violencias, de blasfemias, de odios y de divisiones, de herejías, de obscenidades y de cuanto todavía hay de mal en el universo.

Al contrario, el amor es ardor de bien, es autor de bien, es arrebato irresistible del alma, que está invadida de él hacia Dios y hacia los hermanos.

El amor es un sentimiento misterioso que tiene su fuente en Dios y, como flecha disparada por el arco, se dirige hacia las almas que son el objeto del amor. Las almas son de naturaleza diversa de la materia a la que, en la tierra, están unidas.

El alma es el soplo divino de vida que informa la materia, el alma por tanto se asemeja a Dios. Libre e inteligente, puede aceptar el amor o rechazar el amor, lo puede aceptar en medida y grados diversos.

Hijo, el sol extiende sus rayos, su luz y su calor sobre los cuerpos que están en su órbita y los cuerpos, desde los más nobles a los más viles, reciben las irradiaciones solares sin rechazo y sin contaminar ni luz ni calor. Pero para las almas no es así.

Las almas pueden abdicar al amor y optar por el odio, pueden abdicar a la luz y optar por las tinieblas, pueden abdicar del bien y optar por el mal. ¡Si los hombres comprendieran el don de la libertad!...

Si los hombres comprendieran lo que encierra en sí este don: escoger una felicidad eterna que ninguna lengua puede describir y que sólo el Padre puede dar, o bien una infelicidad no comprensible por parte del hombre peregrino en la tierra.

 

Rechazan el amor

En la humanidad viandante no hay todavía amor perfecto: este amor perfecto consiste en amar a Dios, Uno y Trino y en amar a los hermanos más que cualquier otra cosa en el mundo; es el mandamiento nuevo libremente aceptado y vivido en el grado más alto de intensidad.

Esta perfección del amor se alcanza y se completa en el Paraíso. El grado de gloria corresponde a este grado de amor: cuanto más intenso es el amor alcanzado, más alto es el grado de gloria.

¿Por qué rechazan los hombres el amor? ¿Por qué no saben los hombres valorar el bien mayor para el que fueron creados? También en esto pesan graves responsabilidades sobre la conciencia de mis sacerdotes y pastores.

Si aquellos que están encargados de alimentar los altos hornos de las acerías dejan de alimentar el fuego, todo se detiene; cesa el fuego de los hornos, cesa toda la actividad en la factoría. Así podéis decir para las grandes centrales térmicas.

El amor puede ser asemejado al fuego, de cualquier naturaleza que este sea, que alimenta a la acería o a la gran central: si cesa el fuego, deja de latir la vida.

En mi Iglesia muchos hornos se han apagado. Cada Obispo y cada sacerdote debe ser un horno incandescente que desprende calor, energía espiritual con la santidad de la vida, con la potencia de la Gracia divina, con la divina Palabra.

Pero si estos hornos no son alimentados, en ellos y en sus comunidades se apaga poco a poco la vida. Por esta triste realidad la Iglesia sufre.

 

El verdadero problema

¡Qué estupendo milagro se produciría, qué prodigios vería el mundo si los Obispos llamaran en torno a ellos a sus sacerdotes y con humildad verdadera, verdadera, verdadera, (como Yo les he enseñado) y sin la cual no hay genuina vitalidad interior, conviniesen juntos de mutuo acuerdo en encender de nuevo en sí mismos el fuego del amor para comunicarlo a sus hijos y hermanos!.

Oh, si poniendo aparte todas esas cosas que de bien poco sirven para la salvación de las almas, se dedicaran intensamente al verdadero problema de la Iglesia, el de contener y rebatir la ofensiva desencadenada por las fuerzas del Infierno, usando y afilando las armas puestas en desuso de la oración, de la mortificación, de la penitencia interior y exterior, caminando delante de Mi en la obediencia a mi Vicario y a la Jerarquía en la pobreza evangélica.

El mundo todavía podría ser salvado del derrumbamiento en acto que lo amenaza...

Pero no se puede rezar, no se puede mortificarse, no se puede aceptar el sufrimiento si no se cree y si no se ama.

Hijo mío, he aquí que otra vez hemos llegado al quid de la cuestión: hay crisis de fe. Y necesariamente hay crisis de amor.

Muchos hablan de amor, pero en realidad en pocas almas arde de veras. La crisis de fe ha apagado muchos hornos en la Iglesia misma.

Hace falta encenderlos nuevamente, sin perder tiempo, para que la Vida divina fluya otra vez en las almas.

Hijo, reza y haz rezar a las almas buenas. Ofrecerse con generosidad a mi Corazón misericordioso y al Corazón Inmaculado de mi Madre y vuestra quiere decir encender de nuevo el fuego en donde hay frío y hielo de muerte.

Te bendigo.

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