31 de Agosto de 1978

ETERNIDAD: EL INSTANTE QUE NO PASA JAMAS

Escribe, hermano Don Octavio, soy Pío XII.

¿Te asombra acaso que un Pontífice se dirija a ti? En la tierra nos separaba una gran distancia, pero para quien ha salido de la tierra las distancias, sean entendidas literal o moralmente, no existen ya.

El cambio que la muerte obra en nosotros es tan grande y tan profundo que podría hacer casi pensar en una nueva creación, pero no es una nueva creación, el alma permanece intacta con su naturaleza espiritual que no podrá cambiar jamás, lo que radicalmente cambia es la vida del alma que sale de las leyes de la materia, del tiempo y del espacio, para quedar inmersa en aquella eternidad de la que en la tierra lograba percibir muy poco, y ese poco, vagamente.

Con la muerte, en el momento en el que el alma humana se separa de aquella materia, con la que estaba tan intensamente unida que formaba con la misma una sola cosa, hasta el punto de infiltrarse, compenetrarla y vivificarla en cada una de sus partes, condicionándose recíprocamente, de modo que toda operación material o espiritual exigía el concurso de ambas, el cuerpo retorna a la tierra, de la cual era, mientras que el alma, en el mismo instante en el que se ha liberado del cuerpo se encuentra ante la Infinita Belleza y Majestad Divina.

El Juicio Divino no es descriptible en términos humanos y no hay nada que agregar a lo que ya os es conocido. Cierto que el aspecto con el que Dios se manifiesta no es igual para todos, depende de las condiciones 'espirituales de quien sufre el Juicio. Para las almas que no están unidas a El por la Gracia, el Juicio es una cosa tan tremenda que preferirían ser aplastadas, aniquiladas, antes que pasar de nuevo por tan terrible experiencia.

Nada interesa ya de todo lo que interesaba en vida, ni los afectos más queridos, ni ninguna otra cosa, sólo Dios, Dios, el todo, fuera de Él la nada, es más, peor que nada, fuera de Él sólo un sufrimiento eterno... la eternidad, el instante que no pasa jamás, sin pasado y sin futuro... el Juicio Divino que pesa sobre el alma para toda. la eternidad...;

terror, odio, desesperación es lo que penetra en el alma, es un fuego tremendo que arde y no consume...;

pero todo esto es tan superior a cualquier humana visión, que ¡es imposible para aquellos que están todavía en camino en la tierra comprender un sufrimiento y una pena de la cual no tienen idea!

 

Palabras absurdas que nada dicen y menos explican

Hermano Don Octavio, veo que no has comprendido aún el porqué de este mensaje, a ti te parece que entre lo que estoy diciéndote y lo que te han dicha otros antes que yo no haya nexo, pero no es así, sí hay nexo... ¡no faltaba más!

La superficialidad, por no decir mala fe, de esta generación atea y perversa es verdaderamente tan grande que mayor no podría ser, cuando no se está en grado de explicar las cosas más simples y más claras se inventan las palabras más absurdas que nada dicen y menos explican. ¿Qué explicación saben dar los psiquiatras ateos del gozo por el bien cumplido o del remordimiento por el mal hecho? ¿De dónde nace este gozo o esta pena tan atroz, acaso de una parte del cuerpo?

La ofensa que nos es hecha por medio de carta o por teléfono, directa o indirectamente por otra persona, y que es causa de tanto sufrimiento, ¿ha golpeado acaso algún miembro en particular de nuestro cuerpo? ¿no ha golpeado más bien nuestra alma?

Hay cosas que satisfacen los sentidos, esto es, el cuerpo, pero hay otras que sin tocar el cuerpo dan gozo o dolor al alma, esto es, a aquel elemento espiritual que nosotros llamamos alma y que informa y vivifica al cuerpo.

¿Qué piensan los científicos ateos? ¡Nada! No pueden decir nada y entonces acuñan las palabras más absurdas para embrollar las cosas y hacer oscuro lo que por naturaleza es claro y simple.

Quien es de las tinieblas es tinieblas, pero quien es de la Luz es luz.

 

No queráis juzgar el obrar de Dios

La Virgen Santísima en Lourdes, en Fátima, en La Salette y en tantos otros lugares ha advertido a los hombres y los ha invitado a hacer penitencia y a convertirse, so pena el Infierno. Esto quiere decir que los hombres, queriéndolo, tienen a su disposición recursos naturales y sobrenaturales para convertirse, y si no se convierten deben imputar su perdición eterna sólo a ellos mismos.

Todos los hombres normales pueden llegar a determina das conclusiones como fruto de simplicísimas consideraciones y quien no llega, lo debe imputar solamente a una voluntad, a su voluntad perversa, porque a la verdad antepone el error, al bien el mal que ve y que escoge libremente.

Dios jamás quiere el mal, no puede quererlo, no seria Dios si lo quisiera, pero lo permite, porque en Su estrategia Divina del mal saca el bien y frecuentísimamente en pro de quien lo hace, de todos modos siempre en pro de la salvación de las almas.

Los males, sean físicos o espirituales, son siempre el fruto del pecado, “propter peccata veniunt adversa”[90], y si Dios castiga el mal es claro que es fruto de una libre elección, porque en caso contrario deberíamos pensar que Dios no sea justo, pero esto repugna a la evidencia y a la razón.

La hora de la Purificación, que está a las puertas, será hora de Justicia, porque quemará todo el mal que la humanidad ha hecho ¡porque lo ha querido! Cuando la terrible hora suene, he aquí Don Octavio, la razón del mensaje, no queráis juzgar el obrar de Dios, seréis fuertemente tentados a hacerlo, seréis tentados de tachar a Dios de exagerado rigor y quizás de injusticia... no lo hagáis, os lo repito, pues sería para vosotros culpa grave.

La bendición de Dios Uno y Trino te acompañe hasta el fin, te sostenga en las dificultades y te proteja de todo mal.

Pío XII

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[90] Por los pecados vienen las desgracias (Cf. Lv 26, 24-27)

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